Hay años que invitan a celebrar en grande. La adrenalina de organizar algo entretenido aumenta. Piensas con antelación en el tema, la comida, el lugar, las bebidas. Piensas en la lista de personas que invitar al evento: a los amigos cercanos, a los lejanos, a los familiares que permite la geografía, a los amigos de temporada, y a todos los seres a los que están en el limbo de ni somos ni dejamos de ser. Pero como estamos de buenos ánimos, los invitamos a todos. Y la mayoría acepta con alegría una celebración, un cambio de rutina y una forma fácil de cumplir con aquella intención de reconectar desde la inacción.
Luego hay años como este. Años en los que estoy contenta con la vida, pero sin afanes. En años así, la fecha que marca un año más de vida mía en esta tierra se siente como una caminata de 5 kilómetros por hora de esas que hago con Lumi, y mientras él huele y se pone al día con los otros perritos yo descubro un nuevo árbol en la misma calle que tantas veces camino o resuelvo un asunto pendiente en mi mente. Completo 38 vueltas al sol y no espero cohetes ni bombones. Me contento con pequeñas cosas: un desayuno en la calle, pausas durante el día de trabajo para responder llamadas y mensajes, una caminata por el mar, y una noche fresca en el balcón con mi esposo y mi perro mirando el cielo y escuchando un libro de ciencia ficción.
Y luego, cuando la noche termina, cuando creo que ya estoy cansada y comienzo a quedarme dormida, mi mente comienza a hacer un recorrido por escenarios reales, pasados y presentes; también un recorrido por escenarios probables futuros. La ansiedad me saca de la cama y con bolígrafo y diario en mano empiezo a escribir para sacudirme esto del día normal de encima. Y así, en hora y media de escritura encuentro que ha sido un año fantástico. Que no es el día en cuestión. Que son una serie de eventos, algunos fortuitos y otros previstos, que juntos suman un año de vida que agradezco haber vivido. No sé si viviré hasta los 39 o hasta los 90 o hasta algún punto entre esos números. Solo sé que los 38 años de vida que llevo a la espalda los llevo como un vestido que me sienta bien. Es de mi talla. Tiene algunas manchas, también algunos remiendos, pero sigue teniendo muy buena pinta y me queda muy bien, y puedo contar con llevarlo muchas veces más.
Si algo deseo para mi próximo año de vida es que sea tan sustancioso como este que termina. He aprendido en el amplio sentido de la palabra. Habilidades manuales, mentales, físicas. De alguna manera me siento tan joven como hace 20 años, pero también más clara y mejor parada en la vida como si tuviera…, no sé, ¿38? Me siento como en esa caminata de 5 kilómetros por hora. Para algunos será muy lenta, para otros cuerpos será un esfuerzo. Para mí es un ritmo ideal que me permite empezar y terminar cada día a plenitud.
Y así termino, pensando que no es tan normal reflexionar sobre todo un año de vida una noche de miércoles cualquiera. Algunas fechas invitan. Y me voy contenta de haber aceptado mi propia invitación.
Buenas noches y feliz miércoles,
María 🌺
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