Hace unos días comencé a ver en los tuits de algunos colegas el hashtag #purposED. Se trata de un proyecto iniciado en el Reino Unido que invita a debatir partiendo de la pregunta: ¿Cuál es el propósito de la educación?
Como cualquier idea que nos gusta, yo la vi, la guardé en la parte trasera del cerebro, como los problemas, y cuando se me presenta la situación la saco a relucir: para pensar, preguntar, comentar, reflexionar, compartir, loquesea. Porque me gusta, porque hace falta, porque es una buena idea y hay que apoyarla.
Así que, el lunes pasado, con mi idea detrás del cerebro, en una clase con dos estudiantes de bachillerato, estábamos aprendiendo a quejarnos en español. Me contaban mis estudiantes, como siempre lo hacen, que en sus escuelas (yo estoy en una academia de lenguas a la que ellos asisten para aprender español por hobbie) lo que más les molesta es que “cada profesor cree que su asignatura es la más importante y nos mandan trabajo y más trabajo como si no tuviéramos otras cosas que hacer”. Por alguna razón, de pasar de las típicas quejas de la cantidad de exámenes, materia o aburrimiento de sus clases, entramos en un tema un poco más serio: el maltrato al que algunos profesores someten a sus estudiantes. Suena más dramático de lo que me lo expusieron. Pongamos el ejemplo que uno de ellos utilizó: “el año pasado, una profesora le dio unas cachetadas a un compañero de clase por decir algunas malas palabras. Las palabras fueron malas, pero creo que no debe pegarle”. Yo estuve cien por ciento de acuerdo con mi estudiante. No conozco los detalles de la historia, pero no justifico que un profesor cachetee a un estudiante por decir malas palabras. Que el chico las haya dicho no está bien, pero habrá otras maneras de hacérselo ver. Que así, además, ni se acerca a corregirlo. El otro tipo de maltrato que suele darse es el verbal: profesores que gritan e insultan a sus alumnos.
Cuando mi estudiante me contó la historia le pregunté qué había sucedido con ese caso: no supo explicármelo y dijo “bueno, fue sólo una vez”. Como si el número de veces hiciera la diferencia. Luego que tenían el caso de una profesora que usaba malas palabras en clase. Le pregunté si eso lo habían comentado y me dijo que sí, pero que los otros profesores no le creían. Ese fue el punto en el que les dije: “ya que ustedes usan sus celulares para leer en Internet cosas que les interesan o para hacer el trabajo de otras asignaturas cuando una clase les parece muy aburrida, ¿por qué no lo usan para grabar eso y así tener pruebas para que les crean?”. Les explicaba que, tal y como dijo Einstein, “el mundo es un lugar peligroso no por quienes practican el mal, sino por quienes lo ven y no hacen nada al respecto”. Les explicaba que es cierto que hay niños que necesitan un tipo de dirección especial, los mal etiquetados niños “problemáticos” y que claro que cualquier profesor, humano al fin, puede perder la paciencia en algún momento. Pero les decía también que en ningún momento puede pensarse que el profesor es quien manda y puede hacer lo que quiera con sus grupos y ellos tengan que aguantarlo. Hay límites para todo, y hay que saber dónde poner la línea.
Claro, los ejemplos que pongo son sólo eso, ejemplos. Hay millones de casos de maltrato profesor-alumno y viceversa, sin olvidarnos del maltrato que se da en los hogares. Creo que cada uno debe ser analizado de manera separada y, si estamos involucrados en alguno, después de analizar, tomar las acciones correctas de acuerdo con las circunstancia.
Total que, al salir de mi clase, como suelo hacer, compartí por twitter lo que había sido mi día. Mi cabeza estaba cargada con esa información que había estado intercambiando con mis estudiantes. La cosa es que cometí un error al utilizar el hashtag de tan buena idea como la de purpos/ed, para expresar la indignación que me habían causado las historias de mis estudiantes. Uno de mis tuit rezaba: “Educar es enseñarle a tus estudiantes a usar su iPod para grabar a los profesores abusivos y tomar acciones #purposedES”,y este provocó una reacción en algunos colegas que parecían algo alarmados. Yo cometí el error de intentar expresar un sentimiento ante una situación nada simple, mediante 140 caracteres que no siempre bastan, y utilizando la etiqueta equivocada.
Me decían los colegas que respondieron a mi tuit, que lo que hay que enseñar a los estudiantes es a ir de frente. Eso lo entiendo, pero también hay que tener claro que ir de frente no siempre funciona y para eso también hay que preparar a nuestros chicos. Porque yo no sé ustedes, pero yo si recuerdo mi inocente cabecita de 6 años vacilando entre decir o no decir que algo que había visto o experimentado me parecía que estaba mal. También recuerdo a mi inocente cabecita escuchando los consejos de esos mayores que todo lo sabían, pero que ahora que lo pienso, no estaban en lo correcto. Entonces, ir de frente no siempre funciona porque esos a quienes recurres no te van a saber entender porque sus principios, si es que los tienen, les dicen que lo que el niño ha visto no tiene nada de malo, y que por eso no tiene la razón. Dirán también que el pobre está inventándose historias o metiéndose en lo que no le incumbe.
Ahora, esperando que lo que realmente quise expresar haya quedado aclarado y disculpándome por cualquier malentendido, me encantaría leer a los colegas que me contestaron para ver si le sacamos algo provechoso a esto y aprendemos algo unos de otros.
¡Salud!
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