…llegó para recordar que tal y como comienza, todo termina.
Hace dos días que llegó el día de la clase que no esperamos tanto ni con tantas preocupaciones como el primero: ¡el último! Descubro así que, además de no ser tan trágico todo como me lo pinto siempre que va a iniciar un curso, el último día es tan o incluso más importante que el primero. Ese será el último sabor de boca que se lleven los estudiantes antes de regresar al siguiente (si hay siguiente) y más vale que sea dulce.
¿Qué hacer en este día?
Aunque, como dice una colega, quedan muy pocas ideas para este día final, yo en cambio parecía que tenía mil cosas para hacer, pero no sabía cuál seleccionar, pues no podía hacerlas todas ya que el tiempo no alcanzaría. La cosa es que, como era la primera vez que hacía un intensivo, no se me había ocurrido que no me daría tiempo para hacer unas cuantas actividades extra que siempre uso en mis cursos de A1. El número de horas, aunque el mismo, hace que muchas cosas cambien, porque si estamos cuatro horas y cinco días a la semana viéndonos las caras, más vale que la cosa sea muy dinámica y pues, tanto dinamismo consume parte del tiempo que normalmente se emplearía en actividades adicionales durante un curso regular. Así que, volviendo a lo de la planificación del último día, me gasté unas dos horas escuchando canciones a medias o leyendo letras a ver si alguna era adecuada para el nivel y la ocasión. Dos horas perdidas, pues no encontré nada de lo que quería. Ya sabía que teníamos que terminar la unidad que nos quedaba, pero faltaba algo más, algo especial. La solución…
Jugar, recordar y celebrar
Estos se convierten en mis objetivos de este día. Por supuesto, como son cuatro horas de clase, todavía hay trabajo que hacer. En las dos primeras horas terminamos la unidad pendiente. Hacemos una pausa para tomar café o té o conversar y después quedan dos horas más para cumplir los objetivos. Así que decido irme por la opción que había tenido en mente por unos días: jugar un juego de mesa que me inventé hace dos años y al que llamé ¿Quién sabe qué? Y digo que me lo inventé porque, como dijo Einstein “el secreto de la creatividad está en saber ocultar nuestras fuentes” y yo no es que las oculte, sino que olvido de dónde tomo los diferentes ingredientes que termino combinando para crearme una nueva receta. A lo que me refiero es que el juego no es más que una colección de tarjetas que se colocan en forma de tablero y a las que corresponden otros juegos de tarjetas, según los colores, que indican a los estudiantes qué hacer: una pregunta, crear una frase, jugar alias con una palabras, decir qué hay en una foto o jugar pintonario (del juego en inglés Pictionary), es decir, hacer cosas que seguro ya se han hecho durante el curso pero con el toque especial de diversión, competencia (van acumulando puntos por lograr sus objetivos) y color, combinados todos en un solo juego, como quien juega Monopolio, por ejemplo.
El juego resultó agradable y al final, sin darnos cuenta, estuvimos en el aula por casi 60 minutos después de la hora oficial de finalizacón.
Al juego se le agregó el momento solemne: la entrega de los diplomas, en el cual, un poco en broma y un poco en serio, se le otorgaron a los estudiantes sus certificados por haber aprobado el nivel llamando a cada uno por su nombre con apretón de mano y beso en la mejilla. Como toque especial, los saludaba también Banano, un muñeco de tela que fue mi asistente durante todo el curso y que se volvió el consentido de la clase.
A todo esto se le agregó el toque del champán: una estudiante tuvo la grandiosa idea de traerlo para celebrar (ojo: los estudiantes son adultos y los demás compañeros de clase, además del director de la escuela aprobaron esto antes) y ya se imaginarán.
El resultado: aprendieron, se divirtieron y quedarón con ganas de más así que se anotan para un segundo intensivo en agosto.
Yo, por mi parte, ahora que ha terminado un feliz curso de verano me voy a descansar para empezar a preparar otro…
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