
A propósito del debate del que hablaba el colega @cometa23 en uno de sus últimos post vengo yo a hablarles de mi experiencia personal la cual, siempre acoto, es muy cortita (algún día podré hacer alarde de los años, que seguro le agregarán valor a lo demás -constancia, pasión, curiosidad).
Pues bien, creo que si me ubico en una de las etapas que él describe, yo estoy en esa de relajarse, pero no termino de lograrlo. Tampoco creo que algún día lo logre y ni siquiera estoy apuntando a ello. Estemos claros: programación es esencial, y seamos o no maestros de la buena improvisación, hay que saber cuál es la meta que queremos ayudar a nuestros estudiantes a alcanzar. Y ayudarlos a alcanzarla, es nuestra meta. Para ofrecer una buena ayuda tenemos que estar preparados.
Secundo al colega: se debe dejar espacio para cambiar lo que haga falta. Y es que una programación no estará completa hasta que sepamos a quién va dirigida. Mejor dicho, no podemos hacerla sin saber para quién es. La programación es como preparar la maleta para un viaje. Cada quién la hace a su manera, pero seguro que todos llevan algo que creen útil o necesario para el camino. Algunos, para un fin de semana, se llevarán cuatro pares de zapatos, otros nos llevaremos sólo uno o dos, pero seguro nadie irá descalzo. Luego, aunque todos vayan al mismo lugar, seguro que el clima no será exactamente el mismo, no se toparán con las mismas personas, ni visitarán exactamente los mismos puntos o en el mismo orden. Pues, así se debe preparar la programación: con los elementos esenciales que todo el mundo sabe que le serán útiles para determinado destino, pero con la idea de que la experiencia no será la misma porque quien la vive es diferente al anterior y al que le sigue.
La programación, por otra parte, debe servir de ayuda al profesor para que, cuando pierda norte (que pasa), esta le sirva de brújula para retomar el camino. Así, por ejemplo, cuando al inicio de un curso recogemos las preferencias de aprendizaje de nuestros estudiantes, o las peticiones particulares que tengan, lo estamos haciendo para enriquecer esa programación y para iluminarnos el camino cuando se oscurezca.
Fíjense ustedes, por ejemplo, que aunque yo tenga muy claro lo que voy a hacer en un semestre, se me bloquean las neuronas en febrero -el invierno está en su peor momento, el sol semanas sin dar la cara y el frío no acaba, la gente tiene las energías por el piso, incluyéndome, y el final del semestre, que es en mayo, no se avista- y, aunque en enero empiezo muy fresquita y organizadita, en algún momento misterioso del camino me apagan la luz. Así, este semestre he decidido usar los colores y mis manos (soy muy visual y kinestésica) para visualizar claramente nuestro punto en el camino. Le pido a los estudiantes que muevan el carrito que simboliza nuestro avance por la ruta del curso y, así, entre varias cabezas me ayudan a mi a recordar por dónde les debo guiar y saben ellos a dónde vamos todos en ese carro metidos. Eso es programar, aunque no siempre tenga clara la duración de una actividad, sino una sospecha basada en la experiencia, y aunque un día descubra que hay un evento en la calle de atrás que vale más que todos vayamos a ver en lugar de leernos el súper texto que preparé para ellos.
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¡Gran reflexión, María! Me encanta tu idea del carrito. A mí también me llega un momento en el semestre en que se me bloquean las neuronas 🙂
Por cierto, no sé si has leído los comentarios de Jaume a mi post: http://profesorenapuros.es/2012/01/%C2%BFimprovisar-o-cenirse-a-la-programacion.html#comments Él distingue entre la programación del curso y la programación de clases. Me parece que es una distinción muy acertada y tú apuntas en un sentido parecido en tu post.
Un abrazo.
Hola Guillermo:
Gracias por señalarme hasta los comentarios. Había un par que no había leído y, pues sí, parece que vamos por el mismo camino. A ver si nos lanzamos una de “funciona” 🙂
María